Para tener una relación cercana y saludable con los demás es necesario cultivar un carácter humilde. Esto nos ayudará a no creernos superiores a nadie en cualquier circunstancia.
Por desgracia, tendemos a compararnos y a creernos mejores personas que otros. “Yo no haría eso que tal persona hizo…“ o “jamás se me pasaría por la cabeza decir lo que dijo…” , etc. pueden ser frases o pensamientos frecuentes en nosotros. Un caso grave de falta de humildad puede incluso derivar en idelogías peligrosas de tinte racista.
Aunque tenemos esta tendencia natural, también creo que en el profundo de nuestro corazón deseamos no ser arrogantes, porque nos damos cuenta que tiene un efecto negativo incluso con seres queridos y con quienes nos relacionamos normalmente. Somos conscientes de lo desacertados que hemos estado en muchas ocasiones.
Y aquí, valga de nuevo la invitación de Jesús: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y HALLARÉIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS”. – San Mateo 11:29
El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera: “…Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes”. – Filipenses 2:3
¿Cuántos vínculo familiares, amistades de años, todo un patrimonio de relaciones profundas a veces se han ido al traste por simplemente no haber actuado (con razón o sin razón) con humildad?
Jesús dijo: “…Y hallaréis descanso para vuestras almas”. Es interesante ver que la humildad en lugar de ser un valor que nos aliena (que anula nuestro ser o libre albedrío), es una fuente de paz y descanso al espíritu.
La palabra “humildad” viene del latín humilitas, que significa “pegado a la tierra”. La humildad enaltece la dignidad del ser humano; le hace andar con los pies sobre la tierra.
Es la virtud que consiste en conocer las propias limitaciones que compartimos todos los seres humanos, sin excepción, y actuar de acuerdo a tal conocimiento, por el bien propio y el de los demás.
Decía Miguel de Cervantes: “Tal vez en la llaneza y en la humildad suelen esconderse las alegrías más profundas”.
También Ernest Hemingway dijo: “No hay nada noble en ser superior a tu prójimo”.
Así, la humildad nos ayuda a enfocar la vida con sencillez; no crearnos necesidades “innecesarias”; evitar expectativas fantasiosas y así tomar decisiones coherentes con las oportunidades que se nos presentan. La humildad nos hace sabios en lo cotidiano y nos libra de frustraciones que son producto de nuestras propias exigencias caprichosas.