¿POR QUÉ SOMOS TAN INDIFERENTES CON DIOS?

No podemos negar que tenemos conciencia. Esta nos ayuda a no hacer el mal, a no cometer delitos, ni errores. Aún conduciendo la activamos y procuramos ser responsables con nuestros vehículos, y no solo por temor a un potencial castigo (una multa de tráfico), sino porque nuestra conciencia nos impide hacer lo contrario.

Esta es la evidencia de que no nos gusta el mal, y que nos gusta hacer el bien.

¿De dónde sale ese entendimiento?

Habría que hacer un ejercicio forzado de razonamiento para pensar que la conciencia es el mero resultado de algún fenómeno mecánico o físico (llámese Big Bang o cómo querramos llamarlo).

Para mí tiene más sentido que alguien superior, con sentimientos y de espíritu noble, haya dado lugar a que los seres humanos experimentemos la conciencia. Y este punto de inflexión nos lleva al concepto de haber sido creados. Entonces, ¿de dónde venimos?

En la mayoría de los casos, las personas adoptadas tiene el afán de saber quiénes son sus progenitores. Las plantas buscan la luz del sol para su desarrollo y crecimiento.

Si aceptamos que hemos sido creados por el Dios Creador, surge la inquietud de querer conocerle de verdad, lo cual expande nuestro entendimiento y espíritu en una actitud proactiva que da lugar a encontrarnos con la más grande historia de amor que jamás el ser humano puede encontrar.

El evangelio de Jesucristo dice: “De tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquél que en Él crea, no se pierda, mas tenga vida eterna” (San Juan 3:16).

Cuando dice que la persona «no se pierda» se refiere el estado en que el ser humano no le encuentra sentido a la vida, porque anda desorientado, confuso. Y en ese estado toma el camino que le parece, a ciegas, y muchas veces plagado de errores y decisiones equivocadas que a menudo tienen consecuencias trágicas irreversibles, sin ninguna esperanza.

Duele en el corazón saber que, por ejemplo, en España haya 11 suicidios diarios (según las estadísticas de 2020). Pero hay esperanza real para este tipo de situaciones si damos lugar al poderoso mensaje de alguien del evangelio, que dice que Dios nos ama con amor genuino y para nuestro bien.

Recordemos que nuestro ser está creado para “amar y ser amados”, ¡que es lo más hermoso! Y que,
a la práctica, esto resuelve la cantidad de conflictos que sufrimos a todos los niveles: personales, familiares, de los colectivos, de los pueblos y de las naciones.

“Ama a tu prójimo como a ti mismo», nos dice el evangelio de Jesucristo. Entonces, ¿porqué tanta indiferencia a un amor tan sublime?

Si nuestro corazón desea el bien, lo noble, lo sencillo, ¿cuál es la razón para no darle siquiera una oportunidad a Dios para que nos haga entender su amor?

No hay que tener temor. Cada uno por si mismo puede llegar a la conclusión de que vale la pena escuchar y prestar atención al mensaje del evangelio, que produce un antes y un después en nosotros.

Estas reflexiones son un acto de responsabilidad ante nuestro prójimo, porque sería mezquino e irresponsable no dar la respuesta de nuestro Dios para un mundo que se deshace a pedazos a todos los niveles.

Un cariñoso saludo,
Pastor Armando Forero.

Mi carta de Navidad para ti

Apreciado/a lector/a,

Es mi deseo que te encuentres bien con tu familia, y gozando de bienestar.

Este año que está por terminar ha sido un año muy difícil y creo que hemos sido conscientes como nunca antes de que no somos dueños de nuestro destino. También de nuestra vulnerabilidad y fragilidad.



Tristemente hemos visto pasar a la eternidad a seres queridos y personas conocidas.

Por otro lado, en estos días estamos celebrando que Dios se hizo humano en Jesucristo y el hecho de que tomase nuestra naturaleza indica que Él quiere escribir nuestra historia y nuestro destino.

Nos quiere dar la oportunidad de una nueva vida por medio de Él, dándonos la oportunidad de que pongamos nuestra vida en su manos.


Jesús dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” [San Juan 14:6]


Y así, desde mi más alta consideración y respeto hacia ti, permíteme invitarte a reflexionar desde esta perspectiva, y que ahí mismo en tu hogar invites a Jesús a que sea el Señor de tu vida, abrazando su camino, su verdad y su vida, y que Él escriba tu historia y determine tu destino.


Como servidor del evangelio de Jesucristo he sentido mi responsabilidad delante de Dios de dirigirme a ti en estos términos.


Sólo me queda desearte parabienes a ti y a tu familia; que estos días de Navidad y Año Nuevo sean de regocijo con tus seres queridos.


Añado que mi esposa y un servidor te tenemos presente en nuestras oraciones cada día.


Afectuosamente, te deseo una muy Feliz Navidad 2020,
Armando Forero

¿Por qué somos tan necios repitiendo los mismos errores?

Definamos primero qué es un necio: «Persona que insiste en los propios errores o que se aferra a ideas o posturas equivocadas demostrando con ella poca inteligencia.»

Podríamos preguntarnos, ¿cómo es posible que cometamos los mismos errores a sabiendas de las consecuencias? No es precisamente por falta de conocimiento o de acceso a la información, sino que evidencia algo más y sería interesante analizarlo en aras de aprender algo que nos sirva.

Vayamos a un ejemplo ilustrativo. Si acudes a un centro de salud de la Seguridad Social observarás carteles de campañas contra el consumo de tabaco, presentando todo lo nocivo que es en sus componentes: 4000 sustancias diferentes, 69 de ellas altamente tóxicas y cancerígenas. Entre ellas: amoniaco, arsénico (veneno contenido en raticidas), butano (combustible doméstico), cianuro (empleado en las cámaras de gas). Datos de la Asociación Española Contra el Cáncer.

A pesar de toda esta información científica y preventiva, en muchas ocasiones observamos a médicos, enfermeras, personal sanitario, auxiliares… en las puertas de los hospitales consumiendo tabaco en forma de cigarrillos.

Llama poderosamente la atención, ya que es un colectivo con sobrada información y experiencia de primera mano en el tratamiento de personas con enfermedades graves como consecuencia del tabaco.

Sabiendo lo perjudicial que es, ¿cuántas veces habrán intentado dejar el tabaco?

De igual manera el estar atrapado en algo que sabes que no te conviene es aplicable a otras situaciones que igualmente sabes te son perjudiciales pero que no tienes capacidad para librarte de ellas.

Esto me hace pensar que hay una condición en el ser humano que lo limita, un deseo que supera su propia lógica y razonamiento, una insatisfacción que lo lleva a hacer incluso aquello que le perjudica. Aun teniendo la voluntad de hacer lo bueno, hace lo malo.

Pero sí, existe la posibilidad de vivir como sabios en lugar de hacerlo como necios y en todos los ámbitos de nuestra vida.

Aristóteles en una de sus máximas dijo: “El objeto de una persona sabia no es asegurarse el placer sino evitar que exista el dolor”.

Por su parte, Molière manifestó que “Un necio instruido es más necio que un ignorante”.

Pero la buena noticia es que el evangelio de Jesucristo tiene un respuesta práctica y eficiente para nuestra condición humana. La impronta de su mensaje y liberación por medio de su muerte y resurrección trayendo una nueva vida produce la sabiduría y la fortaleza para no cometer el mismo error una y otra vez.

El poder del evangelio trabaja en nuestro espíritu dándonos la convicción que hace posible que el dominio propio sea una realidad, sobre todo en situaciones que perjudican nuestra salud integral (espíritu, alma y cuerpo) y bienestar.

En Romanos 1:16 el apóstol Pablo dice: “No me avergüenzo del evangelio porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” .

Y en 2ª Timoteo 1:7 también leemos: “Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio”.

¿Quieres ser sabio y verdaderamente libre? Deja que Jesús tome las riendas de tu vida.

¿Por qué nos quejamos tanto? ?

No sé si lo sabes, pero quejarse “por vicio”, de manera constante y sin consciencia, es un peligro para tu salud mental.

Vaya por delante que no me refiero a la queja por un dolor físico real, por una enfermedad u otra circunstancia. Hablo de la queja sistemática como paradigma de pensamiento y actitud.

Queda claro que también vivimos en un sistema en el que hay muchas injusticias: desde la política, justicia, tributos, mundo laboral, etc. En estos casos no hablaría de quejas, sino de reivindicaciones, lo cual es legítimo y necesario para mejorar nuestras condiciones de vida.

Primero, tenemos que recordar que nos movemos en medio de una sociedad de consumo, que crea necesidades totalmente prescindibles, que mueven la economía global, pero que condicionan nuestra sensación de satisfacción y felicidad.

Es algo habitual ver que el ser humano, desde su niñez, exige soluciones a sus «problemas», sean cosas importantes o superficiales. Cuando siente una necesidad, exige ser satisfecho con una solución inmediata y efectiva. Cuando no logra satisfacer su demanda, y no encuentra soluciones ni sabe desarrollarlas, entra en un estado de malestar y queja.

Si damos lugar a un sentimiento continuo de insatisfacción, nocivo a todas luces, apartaremos todo el espíritu de agradecimiento que deberíamos tener por los privilegios que experimentamos en nuestra vida. Que son muchos. Más de los que ahora puedes pensar. Y sin agradecimiento, es imposible que obres en gracia con los demás, que al final, es lo que te va a traer verdadera felicidad.

Llama la atención cuando vemos algún reportaje que muestra algún lugar del mundo donde a veces las necesidades básicas del ser humano no están cubiertas, y en medio de esas circunstancias vemos expresiones de alegría y sonrisas en los rostros de los más pequeños. Entonces inmediatamente pensamos: “¿pero de qué me quejo? ¡Si estoy mejor que nadie!”.

Daniel Defoe (escritor inglés 1660-1731, autor de la novela Robinson Crusoe) dijo: “Todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos”.

Si desarrollamos una actitud de agradecimiento a Dios por la vida, cuidaremos nuestra salud mental y emocional, y por otra parte seremos libres de lo corrosivo de la envidia, la avaricia y la codicia.

En la Biblia leemos: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Hebreos 13:5

Este texto bíblico soluciona el problema de mi descontento y avaricia con una simple promesa: Dios cuida de mí siempre. Puedes creerlo o no creerlo. Pero para que esa promesa haga efecto en mí tengo que creerla. Y si la creo de verdad es imposible que viva con miedo al futuro y quejándome de cosas superficiales. Y es muy posible que empiece a transformar los problemas en oportunidades para seguir madurando y conociendo la fidelidad de Dios. ¿Qué camino vas a tomar?

La próxima vez que vayas a quejarte de tu bajo salario, de lo que no puedes comprarte, de lo mal que te caen algunas personas o los quilos que aún no has podido perder, pon freno a tus pensamientos y a lo que dices con tu boca, y sustituye esos pensamientos y palabras por una lista de cosas por las que puedes estar agradecido a Dios. Verás una transformación espectacular en tu vida.

¿Sufres de ansiedad, estrés, miedo al futuro o crees que no tienes lo suficiente para vivir feliz? Escucha y lee las promesas de Dios a través de sus Escrituras. Calla tus quejas. Desarrolla agradecimiento. Mejorarás tu relación con las demás personas. Ganarás paz, seguridad y salud mental.

Y ahorrarás en psicólogos.

Poniendo a prueba tu integridad

Del latín integritas = que designa lo recto, honesto, sano, puro.

Durante la historia, siempre han habido generaciones que han acabado menospreciando los valores éticos, cívicos y morales de sus antecesores. Esto suele ocurrir después de un exceso de puritanismo e idealismo por parte de las autoridades (familia, instituciones). Actualmente podemos ver que la filosofía del “todo vale”, alimentada por la decepción de las ideologías y el materialismo, ha tomado mucho protagonismo en la sociedad occidental actual y lo preocupante es que, con la globalización e internet, las nuevas generaciones crecen en un ambiente de normalización y amplificación el “todo vale”, donde no hay límites y ni se tienen en cuenta las terribles consecuencias que puede acarrear vivir bajo ese lema.


Los gobiernos reforman los sistemas educativos y los códigos penales una y otra vez, intentando preveer y controlar todo tipo de desmanes, procurando establecer límites e incluso penas que puedan mejorar la conducta del ser humano. Pero en un marco social tan relativista a nivel moral y ético se vuelve difícil definir que es “lo mejor” para las personas.

Uno de los comportamientos más amenazados por esta situación es el de la INTEGRIDAD, ya que depende de principios y valores que definimos como verdaderos, eficaces para vivir e innegociables.

Si tenemos definidos los principios y valores que rigen nuestra vida, podemos asociar nuestra integridad a las motivaciones en cuanto a lo que pienso, hago y actúo. Dicho de otra manera, ¿por qué pienso lo que pienso, por qué hago lo que hago y por qué actúo como actúo?

Decía el filósofo francés Albert Camús: “La integridad no tiene necesidad de reglas”.

“Integridad es hacer lo correcto, cuando nadie te está mirando” C.S. Lewis, escritor británico, autor de Las Crónicas de Narnia.

La integridad implica ser consecuente con la verdad. Desde una perspectiva cristiana, la verdad es Jesús. Él es la verdad de Dios. Decíamos al principio que la palabra integridad incluye la ética de lo correcto, honesto y puro (y para nosotros, los cristianos, Jesús es la regla que mide lo correcto, lo honesto y lo puro). En un marco de principios y valores cristianos, me pregunto: ¿Son motivaciones rectas, honestas y puras lo que mueven mis pensamientos y actos? ¿No hay intereses egoístas ocultos?

Este tipo de análisis nos ayudará a caminar con un “termómetro” exacto de la condición de nuestro corazón.

En el Evangelio tenemos los recursos necesarios para caminar en la senda de la integridad, encontrando principios y valores verdaderos y descubriendo cómo ser consecuentes con ellos, ya que Jesús vino a liberarnos de la cautividad de la condición humana, incapaz de vivir cien por cien de manera alineada con lo honesto, lo puro, lo sano y lo correcto.

Conectando con las frases de Camús y de Lewis, afirmamos que el ser humano es un ente integral, es decir, para vivir de manera satisfactoria necesitamos nutrir nuestro espíritu, alma y cuerpo. Para ello, nuestros pensamientos y actos no han de estar condicionados por reglas o apariencias, sino que han de fluir de acuerdo con unos principios y valores verdaderos, que vienen de Dios mismo. Para ello es necesaria una nueva condición humana, un renacer. El estilo de vida que descubrimos a través del Evangelio (el Sermón del Monte de Jesús es antológico), trayéndonos plenitud total.

Para reflexionar:

– ¿Están tus principios y valores alineados con el mensaje de Jesús (por encima de tu ideología religiosa, política o moral)?

– ¿Qué decisiones tienes que tomar en tu día a día que ponen a prueba tu integridad?

La Humildad

Para tener una relación cercana y saludable con los demás es necesario cultivar un carácter humilde. Esto nos ayudará a no creernos superiores a nadie en cualquier circunstancia.
Por desgracia, tendemos a compararnos y a creernos mejores personas que otros. “Yo no haría eso que tal persona hizo…“ o “jamás se me pasaría por la cabeza decir lo que dijo…” , etc. pueden ser frases o pensamientos frecuentes en nosotros. Un caso grave de falta de humildad puede incluso derivar en idelogías peligrosas de tinte racista.

Aunque tenemos esta tendencia natural, también creo que en el profundo de nuestro corazón deseamos no ser arrogantes, porque nos damos cuenta que tiene un efecto negativo incluso con seres queridos y con quienes nos relacionamos normalmente. Somos conscientes de lo desacertados que hemos estado en muchas ocasiones. 

Y aquí, valga de nuevo la invitación de Jesús: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y HALLARÉIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS”. – San Mateo 11:29

El apóstol Pablo lo expresa de la siguiente manera: “…Sean humildes, es decir, considerando a los demás como mejores que ustedes”. – Filipenses 2:3

¿Cuántos vínculo familiares, amistades de años, todo un patrimonio de relaciones profundas a veces se han ido al traste por simplemente no haber actuado (con razón o sin razón) con humildad?

Jesús dijo: “…Y hallaréis descanso para vuestras almas”. Es interesante ver que la humildad en lugar de ser un valor que nos aliena (que anula nuestro ser o libre albedrío), es una fuente de paz y descanso al espíritu.

La palabra “humildad” viene del latín humilitas, que significa “pegado a la tierra”. La humildad enaltece la dignidad del ser humano; le hace andar con los pies sobre la tierra.

Es la virtud que consiste en conocer las propias limitaciones que compartimos todos los seres humanos, sin excepción, y actuar de acuerdo a tal conocimiento, por el bien propio y el de los demás. 

Decía Miguel de Cervantes: “Tal vez en la llaneza y en la humildad suelen esconderse las alegrías más profundas”.


También Ernest Hemingway dijo: “No hay nada noble en ser superior a tu prójimo”. 

Así, la humildad nos ayuda a enfocar la vida con sencillez; no crearnos necesidades “innecesarias”; evitar expectativas fantasiosas y así tomar decisiones coherentes con las oportunidades que se nos presentan. La humildad nos hace sabios en lo cotidiano y nos libra de frustraciones que son producto de nuestras propias exigencias caprichosas.

El orgullo: origen de la soberbia

Desde una perspectiva negativa del orgullo, se nos define inicialmente como: “el concepto exagerado de sí mismo y que nos puede llevar a la soberbia”.

“Este tipo de orgullo nos incapacita para reconocer y enmendar nuestro propios errores y pone de manifiesto la falta de humildad” (Fátima S. Franco. Psicóloga Universidad Internacional de Valencia.)

El orgullo marca la condición humana en su aspecto negativo, siendo en el fondo la raíz de muchos de los conflictos humanos en todas sus vertientes: familiares, sociales y a nivel de instituciones de cualquier índole.

Encontramos citas interesantes de pensadores, poetas, novelistas a lo largo de la historia de la humanidad en referencia al orgullo:
“Si no se modera tu orgullo, él será tu mayor castigo” (Dante Alighieri. Escritor y filósofo italiano 1265-1321)

“El orgullo es el complemento de la ignorancia” (Bernard de Fontenelle. Filósofo francés 1657-1757).

Dicho esto, vamos a ver qué dice la Biblia la respecto. Nos tenemos que remontar al registro de los profetas:

“Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana… tú que decías en tu corazón… levantaré mi trono, y seré semejante al Altísimo” Isaías 14:12


También: “Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría y acabado en hermosura. En Edén en el huerto de Dios estuviste. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor… y yo te arrojaré por tierra” Ezequiel 28: 12-18

Eruditos exégetas señalan estos registros como la explicación del origen de aquel ángel que en su soberbia (orgullo) en el cielo desafió al mismo Dios y que a causa de su soberbia fue arrojado a la Tierra y vino a ser el diablo (un ser maligno sobrenatural).

Ahora bien, es evidente que el orgullo negativo está presente en el ser humano desde sus primeros pensamientos.

El registro de los profetas lo sitúa en el mismo Edén: entre los ángeles creados por Dios hubo uno que se enalteció y quiso ser semejante al Altísimo; su esplendor y sus características especiales no le fueron suficientes, y en su enaltecimiento cayó en la soberbia.

En el post publicado anteriormente “¿Por qué tendemos a desobedecer?”, explicábamos que desde nuestra primera infancia se manifiesta esa carácter desafiante que hace que tendamos a desobedecer. Lo asociábamos a lo que se llama el “pecado original” (condición humana que trata de llevarnos a actuar con soberbia), y podemos decir que inducidos por el ADN del diablo engañando a los primeros seres creados.

Y al heredarlo, nos vemos desde que nacemos con esa situación.

En consecuencia, a medida que crecemos, se va acentuando la soberbia y en la edad adulta nos damos cuenta que hay una lucha interna en nosotros que necesitamos controlar, porque de otra manera, nos podemos ver en conflictos innecesarios, sobre todo cuando se trata de relaciones con seres queridos (familia y colectivos cercanos), como también en el desarrollo de nuestras relaciones personales.

También decía el filósofo francés Auguste Comte ( 1798-1857): “Mucho más que los intereses, es el orgullo quien nos divide”.

Desde la fe cristiana podemos recordar las palabras de Jesús en los Evangelios: “…aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón… y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29

Sin duda, vale la pena aprender de Jesús esta máxima.

La clave para resolver los conflictos en el matrimonio (II)

La carta del apóstol Pablo a los efesios dice en el capítulo 5:28:  “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama”.

Esta afirmación podría parecer paradójica. ¿Cómo es posible que poniendo mi foco de atención en otra persona salga yo beneficiado? Parece que nuestro instinto de supervivencia nos lleva por el camino contrario. Pero si entendiéramos esta afirmación en toda su profundidad, no existiría lo que hoy llamamos “machismo” (por el que recientemente hubo una reivindicación femenina, y con razón, por cuanto una gran parte de la sociedad masculina no ha entendido lo profundo del amor verdadero). Y probablemente viviríamos en una sociedad más justa y pacífica.

En la primera parte de esta serie de artículos, recordamos que en el matrimonio las personas “ya no son dos, sino una”, lo cual complementa esta idea de que si amamos a nuestra pareja, nos estamos amando a nosotros mismos.

A nivel práctico esto tiene mucho sentido. En mi matrimonio, yo como hombre mantendré mi bienestar y equilibrio emocional si amo a mi mujer verdaderamente, es decir, amándola de manera incondicional, sin estar resaltando sus errores, defectos o equivocaciones. Donde hay una actitud noble, no puede haber lugar para el reproche y el sermoneo destructivo. La buena actitud del hombre debe no resaltar el error de su pareja, sino cubrirlo. Por eso, leemos en la Biblia que: “El amor cubre multitud de faltas” (Proverbios 10:12).

También la Biblia nos dice que: “lo que se siembra se recoge”. Por lo tanto, si siembro amor profundo, recogeré amor profundo. Creo que es práctico y sencillo entender que el que “ama a su mujer, a sí mismo se ama”, porque tarde o temprano, si el marido ama incondicionalmente, cosechará amor incondicional.

Esto, a los hombres, si somos un poco inteligentes y queremos vivir un matrimonio que valga la pena, nos debe mantener lejos de un egoísmo nocivo (machismo) tanto para el hogar como para nosotros como personas. El machismo es un camino ancho que nos lleva a la perdición. Y el amor incondicional es un camino estrecho, incómodo, pero que lleva a la vida verdadera.

A la vez, y aunque sorprenda a muchos que no quieren entender lo profundo de todo esto, que el marido ame a su mujer como a sí mismo tiene mucho que ver con ser la “cabeza del hogar”. Esta expresión no quiere decir que el hombre es el “jefe”, la persona que manda, o la que tiene la última palabra porque es la más inteligente y capacitada de la casa. Sino que Dios, conociendo la condición humana del hombre, demanda a los esposos a ser especialmente responsables con el hogar, ser protectores, tomar acción para resolver situaciones, no acomodarnos, tener iniciativa… Siendo ejemplo, sin miedo a ser los primeros que sembremos amor incondicional.

Lo mismo que Jesús hizo por nosotros.

La clave para resolver los conflictos en el matrimonio (I)

“Por esta razón la persona dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer/marido, y los dos serán una sola carne. Por consiguiente, YA NO SON DOS, SINO SOLO UNO.” S. Mateo 19: 5-6

 

Este principio es la base fundamental de la unión matrimonial. Si nos quedamos anclados en que “tú eres tú, y yo soy yo”, en el fondo no estamos aceptando la esencia de la unión.

Aunque cada miembro de la pareja viene de diferente familia, una vez decidimos formar “nuestra familia”, entramos en la dimensión de que hemos decidido voluntariamente unirnos a una persona, para no más ser dos, sino una.

Observa que inicialmente partimos de “dejar padre y madre”, lo que quizá significa “desligarnos” del núcleo más preciado hasta entonces en nuestra existencia, y de la unión más trascendente de nuestra identidad; pero que al momento de escoger una persona para formar mi “nuevo núcleo familiar”, un ADN mucho más profundo ha de tomar lugar.

La unión matrimonial es muchísimo más que “rostros y maneras de ser guapos”. Es una aceptación de que “VOY A SER UNA SOLA PERSONA CON MI CÓNYUGE”. Es cuestión de un nuevo ADN, que entre otras cosas voy a trasmitir a mis hij@s en el caso de que los haya.

Si piensas diferente, dejas la puerta abierta a resaltar diferencias que indudablemente distancian a la pareja.

Nos hacemos mejores el uno al otro, por medio de un espíritu de entrega y sacrificio, pero que parte de la base de que no somo ya dos, sino sólo uno.

Aquí hemos de recordar palabras de Pablo, el apóstol: “El que ama a su mujer (o marido), a sí mismo se ama” (carta a los Efesios 5:28).

Quizá esto hoy en día no sea muy popular, pero es la única forma en que estaremos preparados para afrontar las diferencias (que siempre van a haber en una relación de pareja) con una expectativa de éxito beneficiosa para nosotros y nuestros hij@s.

Puedes atrincherarte en el “yo soy yo”, pero estarás jugando a una partida en que la meta será otra y no para la que inicialmente contrajiste matrimonio.

Dios nos da sabiduría para ir creciendo en este entendimiento dentro de la pareja que, a la práctica, es lo que queremos todos y nunca las rupturas.