“El remordimiento duerme durante la prosperidad, pero despierta la amarga conciencia durante la adversidad” decía Jean Jacques Rousseau.
Por otra parte el novelista Victor Hugo decía: “La conciencia es la presencia de Dios en el alma”.
Hay muchas afirmaciones sobre el tema de la conciencia emitidas por grandes filósofos, escritores y pensadores. Parece ser que todas las personas percibimos, de alguna manera u otra, una “voz interior” a la que no podemos evitar prestar atención. Y aunque esta voz sale de nuestro propio ser, es curioso que la solemos tratar en tercera persona, porque su voluntad y la nuestra no siempre parecen estar alineadas.
Desde la filosofía se nos dice que la conciencia, esa “voz interior”, es la facultad que tenemos para decidir acciones y hacernos responsables de las consecuencias, de acuerdo a nuestra propia concepción del bien y del mal. Por lo tanto, la conciencia es un concepto moral y perteneciente al ámbito de la ética.
El bien y el mal, lo correcto o incorrecto, lo moral o inmoral, no siempre están sujetos a situaciones opinables o a subjetividades circunstanciales. Hay algo de todo esto común e inherente en todos los seres humanos.
En términos más sencillos, generalmente mentir o robar está visto como algo incorrecto en todas las culturas. Y así otras muchas cosas. Son actos que rompen nuestro equilibrio social.
Las leyes y los códigos penales determinan los castigos, pero no determinan el sentimiento de culpabilidad en las personas, lo que llamamos el “cargo de conciencia”.
Es interesante observar que durante nuestra infancia, en cualquier situación comprometida, intentábamos eludir la culpa y teníamos la tendencia a cargarla en otra persona de manera descarada. Parece ser que el sentimiento de culpabilidad sale de forma innata, y desde que nacemos hacemos lo posible para esquivarlo.
Desde la fe cristiana estamos de acuerdo con lo que dice Victor Hugo: “la conciencia es la presencia de Dios en el alma”, pues nos recuerda que fuimos creados para el bien. No sentimos que lo incorrecto nos ayude. El mal nos repele. Es algo inherente en nosotros; no lo aprendimos.
Desde este concepto original, entendemos la preocupación que tiene Dios, nuestro Creador, para que desarrollemos un estado de conciencia (“con conocimiento”) de Él, para caminar en la vida seguros de lo que está bien y de lo que está mal, para así poder llegar a la plenitud.
¿Cómo puedes dar lugar a esa “voz interior” para llevarte al conocimiento de Dios de una manera vivencial?



