Del latín integritas = que designa lo recto, honesto, sano, puro.
Durante la historia, siempre han habido generaciones que han acabado menospreciando los valores éticos, cívicos y morales de sus antecesores. Esto suele ocurrir después de un exceso de puritanismo e idealismo por parte de las autoridades (familia, instituciones). Actualmente podemos ver que la filosofía del “todo vale”, alimentada por la decepción de las ideologías y el materialismo, ha tomado mucho protagonismo en la sociedad occidental actual y lo preocupante es que, con la globalización e internet, las nuevas generaciones crecen en un ambiente de normalización y amplificación el “todo vale”, donde no hay límites y ni se tienen en cuenta las terribles consecuencias que puede acarrear vivir bajo ese lema.
Los gobiernos reforman los sistemas educativos y los códigos penales una y otra vez, intentando preveer y controlar todo tipo de desmanes, procurando establecer límites e incluso penas que puedan mejorar la conducta del ser humano. Pero en un marco social tan relativista a nivel moral y ético se vuelve difícil definir que es “lo mejor” para las personas.
Uno de los comportamientos más amenazados por esta situación es el de la INTEGRIDAD, ya que depende de principios y valores que definimos como verdaderos, eficaces para vivir e innegociables.
Si tenemos definidos los principios y valores que rigen nuestra vida, podemos asociar nuestra integridad a las motivaciones en cuanto a lo que pienso, hago y actúo. Dicho de otra manera, ¿por qué pienso lo que pienso, por qué hago lo que hago y por qué actúo como actúo?
Decía el filósofo francés Albert Camús: “La integridad no tiene necesidad de reglas”.
“Integridad es hacer lo correcto, cuando nadie te está mirando” C.S. Lewis, escritor británico, autor de Las Crónicas de Narnia.
La integridad implica ser consecuente con la verdad. Desde una perspectiva cristiana, la verdad es Jesús. Él es la verdad de Dios. Decíamos al principio que la palabra integridad incluye la ética de lo correcto, honesto y puro (y para nosotros, los cristianos, Jesús es la regla que mide lo correcto, lo honesto y lo puro). En un marco de principios y valores cristianos, me pregunto: ¿Son motivaciones rectas, honestas y puras lo que mueven mis pensamientos y actos? ¿No hay intereses egoístas ocultos?
Este tipo de análisis nos ayudará a caminar con un “termómetro” exacto de la condición de nuestro corazón.
En el Evangelio tenemos los recursos necesarios para caminar en la senda de la integridad, encontrando principios y valores verdaderos y descubriendo cómo ser consecuentes con ellos, ya que Jesús vino a liberarnos de la cautividad de la condición humana, incapaz de vivir cien por cien de manera alineada con lo honesto, lo puro, lo sano y lo correcto.
Conectando con las frases de Camús y de Lewis, afirmamos que el ser humano es un ente integral, es decir, para vivir de manera satisfactoria necesitamos nutrir nuestro espíritu, alma y cuerpo. Para ello, nuestros pensamientos y actos no han de estar condicionados por reglas o apariencias, sino que han de fluir de acuerdo con unos principios y valores verdaderos, que vienen de Dios mismo. Para ello es necesaria una nueva condición humana, un renacer. El estilo de vida que descubrimos a través del Evangelio (el Sermón del Monte de Jesús es antológico), trayéndonos plenitud total.
Para reflexionar:
– ¿Están tus principios y valores alineados con el mensaje de Jesús (por encima de tu ideología religiosa, política o moral)?
– ¿Qué decisiones tienes que tomar en tu día a día que ponen a prueba tu integridad?