¿Por qué nos quejamos tanto? ?

No sé si lo sabes, pero quejarse “por vicio”, de manera constante y sin consciencia, es un peligro para tu salud mental.

Vaya por delante que no me refiero a la queja por un dolor físico real, por una enfermedad u otra circunstancia. Hablo de la queja sistemática como paradigma de pensamiento y actitud.

Queda claro que también vivimos en un sistema en el que hay muchas injusticias: desde la política, justicia, tributos, mundo laboral, etc. En estos casos no hablaría de quejas, sino de reivindicaciones, lo cual es legítimo y necesario para mejorar nuestras condiciones de vida.

Primero, tenemos que recordar que nos movemos en medio de una sociedad de consumo, que crea necesidades totalmente prescindibles, que mueven la economía global, pero que condicionan nuestra sensación de satisfacción y felicidad.

Es algo habitual ver que el ser humano, desde su niñez, exige soluciones a sus «problemas», sean cosas importantes o superficiales. Cuando siente una necesidad, exige ser satisfecho con una solución inmediata y efectiva. Cuando no logra satisfacer su demanda, y no encuentra soluciones ni sabe desarrollarlas, entra en un estado de malestar y queja.

Si damos lugar a un sentimiento continuo de insatisfacción, nocivo a todas luces, apartaremos todo el espíritu de agradecimiento que deberíamos tener por los privilegios que experimentamos en nuestra vida. Que son muchos. Más de los que ahora puedes pensar. Y sin agradecimiento, es imposible que obres en gracia con los demás, que al final, es lo que te va a traer verdadera felicidad.

Llama la atención cuando vemos algún reportaje que muestra algún lugar del mundo donde a veces las necesidades básicas del ser humano no están cubiertas, y en medio de esas circunstancias vemos expresiones de alegría y sonrisas en los rostros de los más pequeños. Entonces inmediatamente pensamos: “¿pero de qué me quejo? ¡Si estoy mejor que nadie!”.

Daniel Defoe (escritor inglés 1660-1731, autor de la novela Robinson Crusoe) dijo: “Todo nuestro descontento por aquello de lo que carecemos procede de nuestra falta de gratitud por lo que tenemos”.

Si desarrollamos una actitud de agradecimiento a Dios por la vida, cuidaremos nuestra salud mental y emocional, y por otra parte seremos libres de lo corrosivo de la envidia, la avaricia y la codicia.

En la Biblia leemos: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque Él dijo: No te desampararé, ni te dejaré”. Hebreos 13:5

Este texto bíblico soluciona el problema de mi descontento y avaricia con una simple promesa: Dios cuida de mí siempre. Puedes creerlo o no creerlo. Pero para que esa promesa haga efecto en mí tengo que creerla. Y si la creo de verdad es imposible que viva con miedo al futuro y quejándome de cosas superficiales. Y es muy posible que empiece a transformar los problemas en oportunidades para seguir madurando y conociendo la fidelidad de Dios. ¿Qué camino vas a tomar?

La próxima vez que vayas a quejarte de tu bajo salario, de lo que no puedes comprarte, de lo mal que te caen algunas personas o los quilos que aún no has podido perder, pon freno a tus pensamientos y a lo que dices con tu boca, y sustituye esos pensamientos y palabras por una lista de cosas por las que puedes estar agradecido a Dios. Verás una transformación espectacular en tu vida.

¿Sufres de ansiedad, estrés, miedo al futuro o crees que no tienes lo suficiente para vivir feliz? Escucha y lee las promesas de Dios a través de sus Escrituras. Calla tus quejas. Desarrolla agradecimiento. Mejorarás tu relación con las demás personas. Ganarás paz, seguridad y salud mental.

Y ahorrarás en psicólogos.