¿Por qué tendemos a desobedecer?

¿Por qué nuestros padres tuvieron que repetirnos e insistirnos cosas que debíamos hacer? ¿Por qué nos costaba obedecer a la primera? ¿Dónde aprendimos esa conducta? ¿Qué nos motivaba a desobedecer?

Cuando llega el momento de criar a nuestros hijos, procuramos enseñarles hábitos de conducta, como el respeto y las buenas actitudes que consideramos correctas.

Esto implica que reconocemos que hay una forma de vivir que vale la pena y que hay otras que no. Existe lo que está bien y lo que está mal.

Y aquí me vienen varias preguntas: ¿Cómo determinamos qué está bien y qué está mal, es decir, la forma correcta de vivir? ¿Podemos construir una sociedad buena y justa basándonos tan solo en normas de convivencia? ¿Lo bueno y lo malo serán siempre algo relativo al tipo de sociedad en la que vivimos, o existen principios universales y atemporales que nos pueden servir para vivir siempre de la forma correcta?

Aún estando de acuerdo con que tienen que haber ciertas normas de conducta para la buena convivencia de las personas, sabemos que nunca la norma es suficiente. Como se suele decir, «hecha la ley, hecha la trampa».

En nuestra infancia, casi desde el mismo momento en que nacemos (o quizá antes, diría algún especialista), cuando aún no tenemos la capacidad de darnos cuenta de qué es lo correcto o no (aunque se nos haya indicado), expresamos un carácter desobediente. Y frecuentemente, aún sin ninguna influencia externa, se hace visible en nosotros una actitud de “desacuerdo” con las cosas correctas. Si no fuera así, no existiría (porque no haría falta) lo que conocemos hoy como «educación». Y a partir de aquí entendemos que hay algo en el ser humano que le es intrínseco. Algo muy profundo.

Según el relato bíblico que podemos leer en el libro de Génesis, en el marco del origen del universo que conocemos (y sin entrar a debatir si fue un acontecimiento histórico o solo una historia simbólica de la que podemos aprender hoy), Adán y Eva desobedecieron comiendo de un fruto que les había sido prohibido por el Creador porque no les iba a hacer ningún bien (no era lo correcto). Este acto de desobediencia de la primera humanidad revela la tendencia que los humanos manifestamos tan pronto nacemos, y que arrastramos toda la vida hasta que morimos. Esa tendencia hacia lo incorrecto.

Entonces ¿por qué tendemos a desobedecer, incluso sabiendo las consecuencias positivas de la obediencia y la consecuencias negativas de la desobediencia? (Nota: Hablamos de obedecer a una forma de ser y de vivir que nos beneficia y beneficia al resto).

Inspirándonos en los textos del Génesis, podemos intuir que nuestra tendencia a la desobediencia tiene mucho que ver con la percepción sesgada que tenemos de nuestra propia identidad: Adán y Eva comieron del fruto prohibido porque creían que así podrían ser como Dios. Es decir, se negaban a aceptarse como humanos, limitados y dependientes.

Los humanos más desobedientes suelen ser los niños. ¿Por qué? Porque no han construido aún su identidad, no conocen bien sus límites, tienden a la autosuficiencia cuando les interesa (se les suele tener que educar para el trabajo en equipo) y sencillamente se guían por sus impulsos. Si alguien no les pusiera límites y normas, dificilmente se podrían mantener con vida.

A medida que el ser humano crece en su autoconocimiento, descubre sus límites, reconoce sus autoridades (desde familiares hasta institucionales) e identifica sus derechos y responsabilidades, adoptando una actitud más obediente a los valores de la cultura en la que crece, y entendiendo que la obediencia le conviene para su bienestar.

El  humano que no desarrolla este autoconocimiento, acaba rindiéndose a sus impulsos más primitivos, y en el peor de los casos, incluso puede acabar teniendo conductas criminales o autodestructivas.

En los Evangelios vemos a un Jesús empeñado en mostrar a Dios como un padre, con el cual podemos entablar una relación que expande nuestros límites humanos y cuya dependencia nos hace libres de nuestros impulsos autodestructivos. Además, anima a cambiar nuestra identidad de personas «pecadoras» a personas «perdonadas». Aquí se hace tan importante identificar a Dios como «padre perdonador» como identificarnos como «hijos perdonados».

Este descubrimiento de nuestra propia identidad humana es el punto de partida para empezar, no solo una forma correcta de vivir, sino la mejor forma de ser, que va más allá las leyes, las normas y los valores culturales.

Para comentar: ¿Qué te motiva a hacer lo correcto y qué te da motivos para hacer cosas que sabes que están mal?