Desde incluso antes de nacer somos sensibles a las expresiones de cariño y de ternura de nuestros progenitores.
Cuando somos bebés, aunque en ese momento no somos capaces de expresarnos con palabras, podemos identificar esos gestos y respondemos con una sonrisa o damos señales de bienestar. En pocas palabras; aunque nuestra conciencia se encuentre en un nivel elemental, podemos percibir el mensaje del amor sin que hagan falta las palabras.
Con esta ilustración quiero resaltar que en nuestro ser interior está la capacidad de ser sensibles a lo que se nos trasmite a nivel espiritual. Esto se debe a nuestra naturaleza humana que, según la Biblia, es un reflejo de cómo es Dios.
¿Es posible que, sin prejuicios, uno pueda permitir la impronta de Dios a nuestro ser interior?
“Dios es amor” nos dice Juan, el apóstol, en una de las cartas que encontramos en la Biblia. ¿Qué nos supondría el empezar a tener consciencia de que Dios nos ama? ¿Podemos ser sensibles y experimentar esa situación?
Es importante darnos cuenta de lo esencial de esta situación, puesto que tendrá una repercusión trascendental en nuestra existencia.
Desde mi experiencia, puedo afirmar la plenitud que trajo a mi vida permitirme experimentar el amor de Dios y la respuesta de mi ser interior a esa impronta divina. Esto es para lo que creo que fuimos creados. ¡Y de ahí esa completa satisfacción!
De igual manera observemos la satisfacción que nos produce cuando, de una manera natural, fluye nuestra expresión de amor a aquellas personas con quienes tenemos vínculos, ya sean familiares o amigos, e incluso a veces a personas que acabamos de conocer.
No hay experiencias más hermosas que amar y ser amado. Pero para ambas, necesitamos aprender, y Jesús es nuestro gran maestro en esto.
Para comentar: ¿Cómo puedes amar y ser amado de una forma más profunda?
